Nunca antes como ahora he reflexionado sobre lo difícil que es cambiar la me
ntalidad de una persona deprimida o desesperanzada. Y hacerlo, de golpe, porque veo a alguien cercana a mí hundida en un sentimiento de aflicción, que no entiende de razonamientos, es doloroso.
Mi abuela materna, una de las personas a las que más quiero, junto con mis papás, hermanos y novia, se siente muy mal, porque nota que, con el transcurrir de los años, sus sentidos “invulnerables” comienzan a sucumbir al paso del tiempo.
Para ella no es válido que cualquier persona, a sus más de 80 años, comience a ver menos, sentir dolores reumáuticos, se canse al caminar, etc. También extraña a todos y quisiera que estuvieran a su lado. Pienso que lo hace para evocar tiempos en los que podía atender, a la vez, a un quintento de hijos y casi una decena, en ese entonces, de nietos.
Pero la sensación de mi ‘mami’ (así le decimos a mi abuelita) no me es extraña. Yo mismo la he experimentado, una y otra vez, sea desde un punto de vista profesional o personal. Y es que cuando tienes un proyecto de vida, que por diversas circunstancias no se cumple como estaba planeado, la frustración es un sentimiento que, casi con seguridad, te embargará.
Fue, justamente, mi ’mami’ la que me hizo entender lo que a mí también me ocurrió. Su malestar se resumía a su añoranza por épocas de cierta juventud, por decirlo de alguna manera, y a recuerdos de esos tiempos, donde vivía rodeada por su familia.
A mí me entristecía no conciliar una felicidad personal con la profesional, o viceversa. Me costó mucho comprenderlo -y me cuesta aún, creo-, pero he intentado entender que lo profesional y personal siempre tendrán sus altas y bajas, y que hay que aprender a vivir una vida de triunfos, fracasos, frustraciones, etc.
Pero, lo más importante, creo, aprendí que de nada me servirán todos los éxitos profesionales del mundo, si no tengo a alguien, una familia, con quien compartirlos.
Esta confesión de depresiones familiares no son ajenas, seguramente, a quienes en este momento leen el post ni a nadie en el país, más aún en momentos de crisis financiera y cuando productos y servicios no reducen sus precios, pese a la rebaja de los componentes que motivaron su alza.
El presidente Alan García afirma constantemente que el Gobierno hará todo lo posible para que la población no se perjudique por los problemas económicos internacionales, pero la gente, sin realmente saber si se debe a una influencia del contexto externo, cuestiona que los precios de los productos de primera necesidad no bajan, o no lo hacen en niveles que sus bolsillos sientan.
Y eso que hablamos
de un fenómeno que debería ser medianamente coyuntural. El alza en el costo de vida es algo que se ha producido de manera sostenida en los últimos años. Insisto, más allá de las razones de este incremento, lo concreto es que el mismo ha ocurrido y eso genera desesperanza en la población.
Una desesperanza que se vuelve crónica cuando, tras años de crecimiento, el mismo no se refleja, con la claridad que se desearía, en todos los sectores socioeconómicos, o por lo menos algunos, los menos favorecidos, afirman no percibirlo.
Pero quien tiene posibilidad de asistir a los centros comerciales de las zonas más populososas de la capital y de provincias, en fechas como Navidad por ejemplo, comprueba que algo está cambiando.¿Qué está pasando, entonces?
Volvemos al principio de la historia. Los peruanos no reconocen la razón de su insatisfacción y el Estado, tan mal comunicador como siempre, no halla -o no busca- esa causa, para devolverle, efectivamente, esperanza a la población.
Etiquetas: Desesperanza, Esperanza, Mami
agosto 9, 2009 a las 5:20 am |
Me gusta su estilo.
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Saludos
Ricardo